Éramos
dos gaviotas sobre el viento
amándonos
a la orilla del río
como
Adán y Eva en el Edén
haciendo
lo más inocente entre tú y yo.
Nos
sumergimos lentamente,
el
agua corría por nuestra piel,
mi
cuerpo se perdía poco
a
poco entre tus brazos.
Mis
labios recorrían cada frontera
de
la hermosa silueta de esa mujer
que
desborda mis deseos prohibidos
y
fluyen por cada poro de mi piel.
La
corriente golpeaba contra mi pecho,
tiernamente
sus caricias me tocaban
en
el eterno verano que me abrazaba
el
alma con su ardiente calor.
Nos
amábamos sin medida y sin cesar
éramos
los únicos enamorados
sobre
la faz de la tierra, esa tierra
que
nos brinda toda la dulzura de su ser.
Navegábamos
en ese puro y cristalino
manantial
que mojaba nuestras bocas
con
el suave sabor de sus aguas
encendiendo
fácilmente nuestra pasión.
Suspendida
tenías la belleza misteriosa
y
gracia de un hermoso cisne
que
embellecen las claras noches
y
enternecen millones de corazones.
Tienes
la esencia de una flor
que
graba su aroma en mis sentidos
renacer
en tu mirada es mi deseo
como
cada mañana nace en la montaña.
Me
perdí en la ribera de ese ángel,
inocente
niña que me ama sin dudarlo.
Exploré
cada límite de su cuerpo
y de
ella brotaba un puro sentimiento.
Encerrado
quedé en sus ojos
cual
ave en el inmenso firmamento,
hundido
estaré en su corazón
como
el más bello recuerdo.
No
sé cómo definir este sentimiento
oculto
está en la sangre de mis venas,
es
una historia sin ningún final
que
perdurará al transcurrir del tiempo.
Entre
tú y yo recordaremos aquel lugar
de
invaluable valor para los dos
en
donde por primera vez
te
convertiste en toda una mujer.
